La Razón

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“El paraíso perdido”

La obra que es un poema que abraza

10 NOV 2016 | 08:03  Descarnada, a veces graciosa, pero muy real, la obra de César Brie es una de las propuestas imperdibles del teatro independiente. Quedan pocas funciones.

Por Javier Firpo - jfirpo@larazon.com.ar

“El paraíso perdido”, una obra que da placer verla, sobre todo a la luz del día. Once actores que dejan todo... y más.
“El paraíso perdido”, una obra que da placer verla, ...

“Para mí una obra teatral es un poema y el poema lo hago a través de actores, objetos, escenas, textos... Puede ser risueño, arduo, desesperado, amargo, pero debe ser un poema”, expresa el docente César Brie, uno de los autores y directores teatrales con más humanidad del país. Y qué más humana que “El paraíso perdido”, una pieza independiente que agudiza y zamarrea los sentidos, sobre todo el táctil: hay besos, caricias y abrazos. También hay emoción, diversión y lágrimas en el escenario y en la platea que cada domingo llena la luminosa sala de Santos Dumont 4040.

Aquí, once actores invitan a un viaje maravilloso con historias reales, verdaderas, duras y propias muchas de ellas, con las que el público experimentará un crisol de estados anímicos. ¿Por qué? Porque estos jóvenes artistas -nunca tan bien elegida la palabra artista, a pesar de que ninguno sea conocido- proponen un encuentro con retazos del pasado. Un tiempo que ya no es… Amores, recuerdos, añoranzas, momentos de felicidad y de profundo tristeza. ¿Revisitados? ¿Revividos? “¿Dónde están los paraísos perdidos? ¿Aquello que nos ocurrió, existe todavía?”, se pregunta el autor.

Los once actores, de entre 20 y 30 años recurren a temas cotidianos que son ancestrales y eternos, pero ante los cuales César Brie construyó una obra diáfana que formó parte de la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires 2015. Y lo que estaba previsto que durara un puñadito de funciones se transformó, gracias al boca en boca y a la polenta de este grupo de guerreros, en una pieza imprescindible que se exhibe en el barrio de Chacarita.

Brie, que vive en Rimini (Italia), cree en el teatro como grupo -así lo enfatiza en sus escritos- y sostiene que puede hacerse en una villa, en un gallinero o en Puerto Madero. “Con este tipo de trabajos, justifico por qué me dedico al teatro. Porque con sólo vivir no me alcanza. Yo necesito crear, perderme en otras vidas”, nos decía en su última visita este hombre poco conocido, de perfil bajísimo, pero dueño de una inventiva sorprendente.

Los actores cumplen el primer objetivo: mostrarse sinceros en sus recuerdos. Hay una originalidad y una estética para aplaudir de pie. Asombra el nivel de cohesión grupal, el manejo del tiempo, el dominio de la expresividad y del cuerpo y, moviliza la crudeza de los textos matizada -por suerte- con una forma dinámica y sobre todo lúdica, que ayuda a digerir. Porque no falta quien denuncia que su primera relación fue producto de un abuso, aquel que reunió a sus padres para confesarles que era gay, esa otra que tuvo que ir, primero a una morgue, y finalmente a un hospital, para buscar y ¡encontrar! a su hermano quemado post Cromañón. Y llegan las esquirlas de la chica que sufrió todo tipo de bullying por tener unos kilos de más. Intercalado con esos pasajes sombríos y a la vez impagables, emergen escenas acrobáticas que recuerdan la plasticidad del Cirque du Soleil y postales metafóricas como esa de los actores abrazados aplastando globos.

Se nota que hay un director de fuste detrás para exprimir a estos intérpretes -con gran futuro- que se comprometen con el espectáculo. Resulta imposible que el público salga “ileso”, porque seguro que algunos de los tantos dardos emotivos darán en el blanco.

Con tanto que oferta Buenos Aires, “El paraíso perdido” puede pasar inadvertida. Quedan pocas funciones, conviene no dejarla pasar. Verla cambia la onda.

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