La Razón

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“Una obra en construcción”

Casciari, un fenómeno que gusta y sorprende

28 JUL 2016 | 09:50 El escritor se animó a subir a un escenario para contar la historia de su vida. Y lo hace rodeado de su familia. Las entradas se agotan cada semana.

Por Javier Firpo - jfirpo@larazon.com.ar

Chichita, la madre, en escena. Quien la sufre, como en toda la vida, es su hijo Hernán Casciari.
Chichita, la madre, en escena. Quien la sufre, como en ...

Nadie le hace prensa. No hay gacetillas indicativas. Mucho menos publicidad. Sin embargo, para conseguir una entrada para “Una obra en construcción”, escrita y protagonizada por Hernán Casciari, hay que tener paciencia. Lo que sucede en el teatro de Chacarita (Santos Dumont 4040) es de esos fenómenos que suceden de tanto en tanto y que se retroalimentan por las redes sociales. Convengamos, también, que Casciari no es ningún ignoto: es el autor de la mítica revista -y también blog- Orsai y de “Más respeto que soy tu madre”, pieza con la que Gasalla lo lanzó a cierta popularidad. Además, desde esta temporada, tiene una columna muy escuchada en “Perros de la calle”.

La sala enorme -más de 500 personas- luce repleta para esta obra tan extraña, como efectiva y emotiva. El look antidivo y antiestético adrede de Casciari, sumados a su poder dialéctico, inventiva, ingenio y su propia vida, por supuesto, construyen un relato familiar maravilloso.

Es que en su debut en un escenario, Casciari está rodeado de su familia. Aparece Chichita, madre y pilar de la obra; su hija Nina, su hermana Florencia, sus primos músicos y hasta personajes de color, que formaron parte de su infancia, como el temido Negro Sánchez. Ambientado el escenario como si fuera la casa de su Mercedes natal, Casciari se explaya sobre su vida, tan común y corriente como la de cualquier mortal. Y tal vez en este aspecto ordinario radique el por qué de su magia. Hace una pintura maravillosa de lo castradora que era Chichita, que acepta la caricaturización y se presta para ratificar los dichos de su “mimado” hijo. Como por ejemplo, cuando recuerda que la paliza siempre venía por el lado de la mami. “Con esta madre no me quedó otra: víctima o comediante”.

Con una fluída narración, e infaltable sentido del humor, el protagonista recuerda aquellas pesadillas del otrora gordito que sufría las exigencias maternas. “Ella quería que yo fuera un genio... Mis primos eran músicos talentosísimos, ganaban diplomas, pero Chichita, celosa, remarcaba ante todo el mundo que yo había salido el tercer mejor compañero varón”.

Apenas uno ingresa al teatro Santos Dumont -que Casciari alquiló para la ocasión- recibe un contrato “de buena fe entre el autor y el espectador”. Allí, por ejemplo, exige un fuerte aplauso para Nina, la hija del autor, “que tuvo el coraje de subir al escenario sin ensayo previo”. Cabe enfatizar que cada función es distinta y con invitados nuevos y algunos conocidos.

Así como predominan los momentos risueños -la anécdota de las revistas porno que le roba a su padre y en lo que desemboca es de colección-, irrumpen pasajes lacrimógenos como cuando evoca a Roberto, su viejo, “el tipo más tímido que conocí”. Su vínculo silencioso pero férreo promueven lágrimas y aplausos. “Con papá siempre fui muy injusto. Y pensar que él me enseñó a leer y a escribir a máquina. Y sólo una vez me pidió algo: que por favor sea hincha de Racing”. Recuerda que en ése sillón -apunta- “papá tuvo un infarto letal. No había nadie para socorrerlo”. En cambio, Casciari sí tuvo ayuda a fin del año pasado, en Montevideo, cuando un “patatús” casi lo manda de gira obligada.

Resulta un disfrute leerlo y también escucharlo cada martes con Andy. Pero ahora verlo en el teatro potencia sus virtudes, quizá porque Hernán Casciari entiende que dejarse “cascotear” en público es clave para que el contagioso boca a boca funcione como hasta ahora.

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