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Reconocimiento internacional a Nelson Specchia

Campeón del cuento

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15 NOV 2016 | 09:40 El escritor y politólogo de Las Breñas, Chaco, obtuvo el prestigioso Premio Max Aub por su cuento “La cena de Electra”, que da título a su primer libro de ese género, de reciente publicación.

Por Paula Conde - pconde@larazon.com.ar

 Nelson Specchia.
Nelson Specchia.

Recuerda la noche en que decidió ser escritor. Sus papás y sus hermanas dormían, era diciembre, hacía calor y todas las ventanas y puertas de su casa de Las Breñas, en Chaco, estaban abiertas para que corriera algo de viento. Un poquito de aire corría, movía las cortinas y él, Nelson Gustavo Nicolás Pantaleón Specchia, que heredó nombres de su padre y de su abuelo, con apenas ocho años, tomó de la biblioteca de su mamá un libro de Borges, “El libro de arena”. Tirado en la alfombra naranja de su cuarto, se quedó toda la noche despierto, hipnotizado por esos cuentos, y cuando su mamá se levantó a la mañana y lo encontró con los ojos abiertos, pensó que su hijo había madrugado: “Ya te levantaste”, se sorprendió. “Nunca me acosté, mamá”, le retrucó y fue más allá: “Lo que quiero es escribir así”. Fue una “decisión vital”, dirá ahora a los 51 años, “campeón” en 2015 del prestigioso Premio Max Aub por su cuento “La cena de Electra”, que también le da título a su primer libro de cuentos, de reciente aparición, y cuya escritura le tomó diez años porque no daba con las primeras diez líneas hasta días antes de mandar el cuento al concurso.

Pero antes de consagrarse con el Premio Internacional de Cuento, Specchia fue un alumno ejemplar. Cuando terminó la escuela en Las Breñas, se fue a estudiar Ciencias Políticas a Córdoba. Terminó con las mejores notas y le preguntaron adónde quería ir becado. No dudó: “A Chile, a ver la caída de Pinochet”. Armó la valija, cruzó la Cordillera y, como analista de los procesos sociales, participó del plebiscito nacional de 1988, en el que ganó el “No” a la continuidad de Pinochet en el poder. Su periplo por el mundo recién empezaba. Después de vivir en Chile, pasó por Estados Unidos, República Dominicana, Honduras, México y tantos lados más hasta que recaló en Finlandia. Y cuando ya no daba más del frío, decidió buscar unos rayitos de sol y voló a Barcelona. Se enamoró de esa ciudad al punto de buscar excusas para quedarse a vivir ahí: renunció a su misión de consultoría en Finlandia, se anotó en un doctorado y se instaló en el ático que había sido de una pintora. Hasta el 2002. Ese año, los jesuitas de la Universidad Católica de Córdoba lo llamaron para integrarse al gabinete de gobierno y Nelson aceptó volver sólo por tres años. Pero acá está.

Politólogo, escritor, ensayista, docente, periodista y director del diario Hoy Día Córdoba, la escritura, cuenta, le llegó naturalmente: su mamá era poeta y escritora y tenía una gran biblioteca, convertida hoy en la biblioteca pública “Nelly Checura de Specchia” de Las Breñas. ¿Estaba leyendo a Borges a los ocho años? “Sí —afirma con total naturalidad—, en realidad lo leo desde esa edad”, explica enfatizando el “desde”. “Eso le estaba contando hace poco a María Kodama”, cuenta como quien se codea con un colega de trabajo que ve a diario. “Borges tiene ese efecto”, dice que le dijo la viuda de Borges.

Libros, ensayos y artículos ya tiene unos cuantos, pero Specchia, a quien le gusta coleccionar lapiceras y escribe a mano, siente que este libro de cuentos es como si fuera el primero, justamente, porque no tiene nada que ver con lo que venía escribiendo: “Este es mi libro número 19, ya escribí artículos sobre la izquierda, los árabes, Bolivia, Brasil, Colombia y sobre el Papa, pero pienso que éste es mi primer libro, porque estoy cambiando el eje de los últimos 30 años, que ha sido científico, académico, de investigación objetiva. Me paso a la literatura como juego, como placer, como fin en sí mismo”.

-La naturaleza está en tus cuentos, ¿te inspira en especial?
-Más que la naturaleza, es la animalaria. A mí me interesan los animales, soy animalesco. El primer cuento, “La venganza de los insectos”, es un cuento cientificista, es un poco una sátira a mi vida, porque yo soy un académico, en definitiva, vivo en la universidad, de la razón, de los nombres en latín, de los latinazgos, de la nomenclatura, de las clasificaciones, pero la naturaleza en definitiva termina imponiéndose y te pasa por arriba. Estos intentos de creer que dominamos el mundo son una superchería modernista, que nos ha hecho creer que la ciencia, la lógica y la razón gobiernan, pero no. Es un relato, que creemos universal y que es súper nuevo, tiene 150, 180 años como mucho, pero es dominante. Entonces el cuento apunta a cómo las hormigas son capaces de desestructurar el relato dominante.

-Los cuentos provocan una sonrisa.
-Primero, son cuentos, no relatos. Hay cierta tendencia entre mis contemporáneos en el estilo llano, naturista, urbano, de dejar los finales abiertos. Y se dice que más que cuentos, son relatos, trozos que vienen de algún lado y van a algún lado. Yo no. Yo escribo cuentos. Y el cuento comienza donde comienza y termina donde termina. Como decía Borges, los cuentos son como una isla mirada en perspectiva, ves dónde comienza y dónde termina. Lo segundo es que soy muy poco solemne. Nosotros no somos solemnes, la naturaleza no es solemne. La solemnidad es una construcción cultural y, para mí, además está asociada a la inseguridad propia. ¿Cómo se traslada eso a la escritura? Que haya una línea que al menos te lleve a esbozar una sonrisa.

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